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Tuesday, August 01, 2006

LOS ULTIMOS SOPLOS

Quienes por las circunstancias del destino ya hacemos parte del inmobiliario del centro de Madrid, terminamos conociendo los pequeños desgates que la ciudad produce en otros y en nosotros. Así descubrimos como al vendedor de prensa, al de la pescadería, o al cartero(a), se los van comiendo los años, pero, por sobre todo, en estos andares de ciudad, nos topamos en muchas de las veces con los artistas, que convertidos en mendigos con pedigrí, ubicados en esquinas, en salidas o entradas de metros o en zonas de circulación urbana, interpretan sus melodía en esperan una contribución económica del transeúnte, que si es otro inmueble más de la ciudad, descubrirá el paso de sus años.
En esto de los músicos, los hay de toda clase y géneros musicales, solista y en grupos, concertistas de guitarra y tambolireros solitarios, los hay innovadores y monotemáticos, como aquellos que de flauta en mano vienen cantando el "cóndor pasa" desde hace más de tres años y siguen aún cada noche interpretándolo, hasta tal punto, que ha terminado el pobre cóndor agobiado y agobiando.
Sin embargo llama mi atención uno de tanto, que allende interpretaba el saxo a ritmo de jazz alegre y creativo y hoy se ve lánguido, no se si por el peso de los años, por la desgracia del mendigo o, por la vida bohemia que en muchos de los casos suele acompañar al inspirador de melodías. Nacido en Kansas City, emigrante como muchos, aventurero como otros tanto, esta en el metro de Gran Vía, donde antes soplaba fuerte ese saxo grabe que enamoraba al oídos, el mulato, ya entrado en años, Mahk Osman karen, con el mismo saxo de antes y con un soplido que ya no da la nota, pero que el sigue imaginando en sus mente.

El tiempo le ha carcomido el soplo necesario para que el ritmo aquel salga de su imaginación y hoy apenas notas entrecortados dan la melodía al transeúnte que lo conoció allende llenos de energía soplando como el viento de otoño.

Hoy pase por allí, le escuche entrecortado, ya agotado, ya lento, ya sin aliento de vida y sentía que con ella se le iba el alma y estoy seguro que no solo a El, sino a todos los que como transeúntes pasamos por este planeta, para contemplarlo, para recrearlo, procrearlo amarlo o destruirlo, como suele ser la tarea de algunos.

Serán los último soplos del mulato del saxo que, en el Metro de Gran Via, aún intenta darle con la fuerza a ese instrumento para que la melodía que imagina suene, pero el esfuerzo de su alma solo da para una entrecortada más que se expande por los aires, las otras, las que completaban su inspiración, seguro las llevará en su alma, tal como las imagina, porque el hálito necesario no da para completarlas y esa nota imaginaria mueve aún con ritmo su cuerpo.

Últimos soplos damos todos, pero el del saxofonista de Gran Vía en Madrid, tiene la virtud de escucharse, muchos de esos suspiros de vida, ni siquiera podremos imaginarlos cuando en medio de la guerra una bomba o el tiro de un fusil los trunca sin permiso de nadie, que siga la melodía aún solo sea, en la memoria de hombre que la crea.

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